Con el pasar de los tiempos es ineludible hablar como nuestros antecesores. El estribillo “En mi época, tal cosa…”, era algo impensable en nuestra generación, que dio el salto de lo análogo a lo digital, hasta llegar a la inteligencia artificial, que amenaza con desplazar a los menos aventajados a nivel cognitivo regular, sin ofender, porque yo mismo me incluyo en este universo.
No es algo nuevo; cada generación trae consigo retos diversos, algo que me hace pensar en una conversación que tuve con un compañero de una institución vinculada al Medio Ambiente, donde estuve rodeado de grandes colaboradores que forman parte de mi lóbulo frontal con mucho cariño.
Allí se acerca él con apenas 22 años; ya era encargado de área, rol que había asumido al quedar vacante la posición y, por su responsabilidad y ejecución, fue ascendido a ese puesto, en el que apenas llevaba unos meses ejerciendo con gran desempeño, dicho sea de paso. Su pregunta, debo decir, me dejó un poco sorprendido, ya que él, a su corta edad, terminando su carrera y llegando al nivel más alto de su posición en ese momento, se preguntaba: ¿qué iba a hacer con su vida a partir de ese instante?

Me quedé pensando y hasta risa me dio, porque a su joven edad yo apenas pensaba que quería trabajar, ganar dinero, disfrutar mi tiempo de universidad y pasarla bien. Pero los jóvenes de esta era digital son un poco más competitivos; siempre van un paso adelante. La presión por hacerse de una profesión de futuro, con decenas de estudios, diplomados, cursos y todo lo que pueda sumar a su carrera u oficio, les hace crearse una constante definición de qué pasará mañana.
El tiempo avanza desmesuradamente; creen que ir a su ritmo simplemente es quedarse detrás. A los 18 ya debes estar a mitad de una carrera universitaria, dominar varios idiomas, ser una especie de influencer, manejar todo tipo de redes sociales, ser un experto en edición de videos, comunicar perfectamente y ser buen estudiante con calificación A+.
A los 22 ya debes tener casi lista tu primera maestría, tener tu propio apartamento o estar pagándolo, tener un auto del año, de alta gama o, en su defecto, eléctrico para cuidar el planeta, pertenecer a una organización, ser apolítico y tener una mascota para ir a lugares pet friendly.

Luego, a los 26 años, debes ser un emprendedor de una startup, porque ya a tu edad estás sobrecalificado para que en una compañía te ofrezcan un trabajo, o, en el caso ideal, ya eres un gerente senior a los 28, y a los 35 ya sientes que llegaste a tu techo y que tu vida se acaba.
Por tal razón me sorprendió que él me dijera todo eso. Analizamos qué planes de vida tenía, qué quería hacer en ese momento. Recuerden que la vida social es tan importante como la profesional; disfrutar de la vida en pareja, en familia, en amistades, es bueno para mantener un equilibrio. Le dije que se tomara un tiempo libre, que tiene una vida por delante, que piense en qué quería hacer su máster, que salga y conozca al amor de su vida y que siga trabajando y preparándose sin pensar tanto en el mañana, pero que viva el presente, porque el futuro está en sus manos.
El peso de una generación no es una utopía; cada grupo llega con sus propios requerimientos, exigencias, complicaciones, facilidades, estilos y experiencias. Solo nos toca adaptarnos (no a todas las cosas) y continuar orientando dentro de lo que es posible, ya que muchas veces nos solicitan una opinión, aunque en muchas ocasiones no estén listos para lo que deben escuchar. Pero esos son otros quinientos, como decimos los de épocas más atrás.
Cuéntame tu historia, quizás tengamos mucho que contar…















