Érase una vez cuando todos éramos iguales ante las cámaras, las fotografías sociales que se hacían en blanco y negro, donde vestíamos mejor de lo que nos vestimos ahora, los hombres con trajes y sombreros (a pesar de ese calor que hacía); mientras las mujeres usaban su vestidos hasta la rodilla, tacones y peinados de la época, todo era maravilloso y no existía lo que era la discriminación social.
Pero, ya eso harina de otro costal, la realidad es que los medios se convirtieron en más que eso, un negocio al que hay que cuidar y complacer al cliente, al intermediario (en este caso las empresas de Relaciones Públicas) y por último a uno que otro jefe “modernista” que no soporta ver la unión de colores como promulga Benetton.
Y si, nos referimos a esa parte de la sección rosa, donde los menos afortunados no tienen derecho a salir, a menos que sea repartiendo la bandeja que le sirve a los que salen fijos en esa área que es exclusiva para figuras, VIP, blancos y uno que otro “pegao”. Esos días cuando sales a la calle a cubrir una actividad social y desde arriba te dicen, recuerda el “target” (aunque nunca te especifican cuál es ese rango) ni mucho menos, pero uno al pasar el tiempo va aprendiendo cuáles son esas personas que si caben y quienes ni de broma pueden aparecer en esas fotos.
Algún día llegará esa igualdad y terminaremos con el apartheid en los medios de comunicación, ese del que hacemos y somos víctimas, alguna vez todos tendrán la esperanza de ver su imagen en una crónica de la prensa, y no será por haber hecho algo malo, sino por el simple hecho de ser un ser humano y ser tratado como tal.
“La práctica prejuiciosa de raza, clase, género, ofende la sustantividad del ser humano y niega radicalmente la democracia”, Paulo Freire.














