Ay si, hubo una época en que ser periodista era sinónimo de respeto, pero no por imponerse sobre otras profesiones, lo que pasa es que había un respeto a lo que se hacía por miedo a salir en los medios, los periodistas eran sinónimos de ética y entrega en cada palabra escrita o hablada, ya que las personas confiaban plenamente en nuestra profesión.
La verdad es que no sé en qué punto eso se quebró, de repente pasamos de dar la noticia a querer ser la noticia, he escuchado de colegas que tienen tal aire de divismo que sus exigencias incurren en algunos casos más inverosímiles que las de un artista al que se suponen deben ir a cubrir. Por supuesto, no es que estamos en contra de que seamos tratados con respeto y con las condiciones para poder desempeñar nuestro trabajo, pero de ahí a poner condiciones fuera de lo que es su labor, deja mucho que desear a la hora de querer realizar un trabajo por el cual está usted empleado en un medio, entiéndase que no le están obligando a hacer algo que no está en su contrato y mucho menos lo obliga quien hace el evento o la actividad, no importa de qué tipo.
Es triste ver como la pasión por llevar la noticia se ha perdido, ahora la prioridad es cuanto hay y qué condiciones me darás para asistir, algunos exigen ser parte del protagonismo, en contradicción con lo que nos enseñaron en las escuelas de periodismo: “El periodista nunca debe ser la noticia”, una máxima que se esfumó en un pasado no muy lejano y donde si no te vendes como figura, no alcanzas notoriedad. Una notoriedad que se contrapone con lo que debería ser el sacerdocio del periodismo o mejor dicho, un profesional que destaca por su trabajo, sin querer estar por encima de los demás con sus aires de divo o diva.
“Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante”, Ryszard Kapuściński.














