Escrito por: Charles Johnson P.
Hay decisiones que pueden parecer simples intervenciones físicas, pero que terminan tocando algo mucho más profundo: la memoria, la identidad y el patrimonio de una institución. Eso es precisamente lo que ocurre con el muro levantado en la histórica entrada del antiguo Hospital Marión, espacio que hoy forma parte de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
No estamos hablando de una entrada cualquiera. Estamos frente a un lugar cargado de historia, vinculado durante décadas a la enseñanza, la medicina y la formación de generaciones de profesionales de la salud. Por allí transitaron médicos, profesores, estudiantes, pacientes y trabajadores que escribieron parte de la historia sanitaria y universitaria dominicana.
Por eso resulta difícil comprender que una intervención de esta naturaleza pueda realizarse sin tomar en consideración el valor simbólico, arquitectónico e histórico de ese acceso.

El problema no es simplemente que se haya levantado un muro. El problema es lo que ese muro representa: una barrera colocada justamente donde la historia había dejado una puerta.
Las instituciones universitarias tienen la responsabilidad de modernizar sus espacios, garantizar seguridad, reorganizar áreas y adecuar sus edificaciones a las necesidades actuales. Nadie sensato puede oponerse a ello. Pero modernizar no significa borrar. Adecuar no significa destruir la identidad de los lugares. Y garantizar seguridad tampoco debería convertirse automáticamente en levantar paredes sobre espacios que forman parte de la memoria colectiva.
Una universidad como la UASD, que constantemente reivindica su historia y su condición de Primada de América, debe ser especialmente cuidadosa con la preservación de su propio patrimonio. No podemos defender la memoria histórica hacia afuera mientras permitimos que dentro de nuestros espacios desaparezcan elementos que cuentan nuestra propia historia.
El antiguo Hospital Marión no es solamente una edificación vieja. Representa una etapa importante de la medicina y de la enseñanza de las ciencias de la salud en nuestro país. Su entrada histórica forma parte de esa narrativa y, por tanto, cualquier modificación debería estar precedida por criterios técnicos, arquitectónicos, patrimoniales e institucionales claramente explicados.

Incluso si existieran razones administrativas o de seguridad que justificaran algún tipo de intervención, habría que preguntarse: ¿era un muro la única solución posible?
La arquitectura contemporánea ofrece múltiples alternativas para controlar accesos y proteger instalaciones sin sacrificar la visual, la identidad ni el carácter histórico de una edificación. Preservar no significa impedir el progreso; significa hacer que el progreso sea capaz de convivir con la historia.
Sería saludable que las autoridades correspondientes expliquen públicamente las razones de esta intervención y, sobre todo, evalúen la posibilidad de devolverle a esa entrada su apariencia y significado originales, procurando una solución que responda a las necesidades actuales sin sepultar el pasado.
Porque dentro de unos años quizás nadie recuerde quién ordenó levantar ese muro, pero las próximas generaciones sí podrían preguntarse por qué permitimos que desapareciera una entrada que durante décadas fue testigo silencioso de nuestra historia.
Los muros pueden proteger espacios, pero también pueden ocultar la memoria. Y una universidad que enseña historia, ciencia y conocimiento jamás debería construir sobre el olvido.
















